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Pensamientos de cuarentena

Ayer recibí un mensaje de una mujer muy preocupada por la actitud que estaban tomando algunas personas ante la situación de cuarentena que estamos viviendo. 

Es que tienes que decirles que se tranquilicen, me dice. Hay gente que se está volviendo realmente loca. Esta mañana estaba tomando un café y lo comenté con el tostador y el microondas y los tres estábamos de acuerdo.  Pero te escribo porque ya no se con quién más hablarlo, a la lavadora ya no le cuento nada porque está muy angustiada y todo le da vueltas. También dejé de hablarle al refrigerador porque cada día lo noto más vacío y frío. 

Cada tanto hablo con el reloj, pero es que sus manecillas son tan rutinarias que a mi me parece que ya tiene un trastorno.

Los artículos de limpieza me han retirado el habla, dicen que nunca los había utilizado tanto y están hartos del olor a cloro.

Y qué decir del inodoro que se toma todo lo que le digo para la mierda.

En fin, te recomiendo que les digas que se tomen las cosas con calma o antes de contraer el virus, acabarán en el psiquiátrico...

Gracias a mi amiga Nurit por mandarme esta bromita que me inspiró para componerle un poco más. La verdad es que para mi el distanciamiento social ya no es nada nuevo, pero hasta ayer que salí a hacer unas compras sentí el impacto de la situación que estamos viviendo. Creo que son muchas personas las que no la están pasando bien con toda la incertidumbre y los cambios de vida que nos ha traído la pandemia.

 

Me asombra ver cómo apenas a un día de la suspensión de actividades, las iniciativas no se hicieron cesar. Es como si viajáramos en un auto a toda velocidad y chocamos contra un virus que frenó el movimiento del exterior, pero la velocidad a la que íbamos los tripulantes aún no ha podido parar. 

 

Es difícil frenar las actividades y sentir el vacío en verdad.  Sentir el aburrimiento y la vida en soledad nos hace enfrentarnos con nosotros mismos, que a veces sólo nos damos cuenta que somos a razón del otro y del rol que desempeñamos en la sociedad.

 

Sin sociedad no somos nada, y en una sociedad virtual la realidad es aún más dudosa. Es triste no poder estar al servicio de los demás y que nuestro trabajo no tenga un valor para alguien más. Pero habrá que fluir con lo que el mundo nos ha puesto en frente, quizás sea momento de detenernos y vernos a nosotros mismos. Revisar para qué otros labores dentro del hogar puedo ser bueno y cómo me siento haciéndolo de esta forma. 

 

Es triste no poder hacer todo lo que queremos, no poder estar con nuestros seres queridos, no poder visitar a nuestros amigos. Pero es mucho más triste decirle a un niño inquieto que poco entiende de pandemias y contagios que no puede salir a la calle. 

 

Una tía comentó en un grupo de mi familia que nunca le había importado ser vieja hasta ahora que sus familiares no la pueden visitar. 

 

En fin, no es fácil. La incertidumbre inquieta la mente y el miedo nos angustia. 

 

Habrá que reconocerlo, darle el peso que merece la situación. Esto es aceptarlo, generar conciencia y dejar de buscar paliativos y escapes. Pero eso no es no disfrutar abandonarse al vacío y al caos. 

 

Qué mejor tiempo para practicar vivir en el presente. Ser conscientes de lo que estamos viviendo ahora en este preciso momento. Perdernos en nuestros sentidos experimentando el presente y abandonando nuestra mente.

 

No contemos más los días y dejemos que cada uno cuente, aunque sea así, como un día aburrido, como un día loco con niños y marido en casa, o como un día lleno de oportunidades para explorar nuestro verdadero ser.

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